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Capítulo 8 del Trasgu Sindo Carrapiellos, Descubriendo el Origen

 

CAPITULO OCHO

Sindo Carrapiellos, el Trasgu de La QuintanaDescubriendo el Origen

 

Sindo no comprendía el motivo y cuando él no entendía el por qué de las cosas, lo habitual es que se encabezone y no colabore lo más mínimo.

Así estaban en aquel preciso instante. Parados en medio del camino que llevaba a Fuenteculebras y negándose una y otra vez a cada ruego de Chuso Zarzales. En tanto, la duce y callada Madreselva mantenía una actitud hierática y abstraída, como si no fuera con ella la cosa.

  • Vamos a ver, Sindo. Se lo hemos prometido a Quenxor
  • Yo no le he prometido nada a ese cuélebre. Has sido tú.
  • Pero estamos juntos en esto, ¿si o si?
  • ¿Juntos? Querrás decir que vamos caminando juntos, no que estamos de acuerdo en seguir el mismo camino. Yo voy a Fuenteculebras.
  • ¿A Fuenteculebras?, ¿para qué?
  • Ya has oído a Quenxor. Hay un puñado de humanos allí retenidos.
  • Sí, sí, eso ya lo sé. Pero lo de los Chalgueiros es más urgente. Tenemos que acompañarla –señalando a la sumisa ayalga.
  • No, yo “no tengo que”.
  • Sindo, si osas desobedecer a Quenxor …
  • No voy a desobedecer a Quenxor, solo voy a encargarme de un asuntillo primero. Se lo prometí a Antonio e Iñaki y sino cumplo, me echan de la Quintana.
  • Eso de que te echan… será si pueden.
  • Podrán, te aseguro yo que sí. Son muy listos. Ya lo lograron una vez.
  • Si, ya sé que los humanos tienen sus truquillos, pero tú eres lo suficientemente espabilado como para aprender de tus errores, ¿no?
  • Soy un trasgu, Chuso, como tú y tengo mis limitaciones. No se verlas –admitió- pero sé que las tengo y también se que al final me encontrarán el punto flaco y se desharán de mi.
  • Está bien, está bien. Te acompaño a… -le interrumpió Chuso para no tener que seguir escuchándolo.
  • ¡No!, tu vete con ella a donde sea que tenga que irse.
  • He de ir hacia la costa –musitó Madreselva.
  • ¿La costa? –inquirió Chuso. Pero…, la costa es muy extensa. Has de concretar un poco más.
  • Aún no he recibido más indicaciones. Solo que debo ir hacia la costa, hacia un faro… parece ser –añadió después de poner los ojos en blanco durante unos segundos.
  • ¿Un faro? Faros hay muchos en la costa asturiana. ¿Alguna pista más?
  • Silencio.
  • ¿Silencio?, ¿ahora me dices que me calle? –le preguntó con el tono algo subido debido a la indignación.
  • Esta ayalga es un poco grosera, ¿no? –comentó Sindo con una sonrisilla maliciosa- Encima que la estás ayudando…
  • Silencio –volvió a repetir ella con los ojos en blanco.
  • Creo que está recibiendo alguna imagen –explicó Chuso colocándose ante ella y observándola con atención.
  • Un coscorrón en la cabeza le daría yo. ¡Bueno!. Tú vete con la ida esta a un faro en silencio y yo me voy a visitar a la familia en Fuenteculebras.
  • Está bien. Tú ganas, pero, ¿qué vas a hacer cuando estés allí?
  • Pues averiguar por qué retienen a los huéspedes de la Quintana.
  • ¿Acaso crees que Lloreu te va a dejar acercarte a ellos?
  • Si se lo pido con educación, si. Además, Xenut me echará una mano.
  • Bueno, yo no digo ni que si, ni que no.
  • ¿A qué?
  • A tus pretensiones de entrar en Fuenteculebras y esperar que el mandamás del asentamiento se moleste en explicarte sus actos. Ya lo conoces, es un busgosu muy altanero.
  • ¡Y yo un trasgu muy cabezón!
  • Eso no hace falta que lo jures. Vamos, Madreselva, nosotros seguiremos por aquí. Sindo tiene otras cosas más importantes que hacer.

 

Sindo ya no escuchaba, había desaparecido entre los árboles rumbo hacia el asentamiento de Fuenteculebras. Destilaba optimismo y alegría por los cuatro costados. En realidad, tenía unas ganas horrorosas de visitar Fuenteculebras. El hogar de todos los trasgos, el real origen de toda su historia. Siempre le sentaba bien regresar a sus orígenes y reencontrarse con todos sus primos. Seguro que Xenut Cascanueces, Simpliz y Jartum estarían allí. ¿Cuánto hacía que no los veía? Pues tanto como tiempo llevaba en la Quintana del Caleyo.

 

…….

 

Y hablando de la Quintana. Mª Jesús se había quedado sola, esperando a que su marido y su hijo regresaran con los huéspedes desaparecidos. Después de haber preparado los postres del día siguiente, de adecentar su casa y de revisar el trabajo de su ayudante, se había sentado en una de las tumbonas del jardín a tomar un baño de sol en aquella brillante y cálida mañana de primavera. Si no tenía en cuenta la situación, se podría decir que el día era perfecto para relajarse y no pensar en nada. Pero no, Mª Jesús no se podía relajar pensando en lo que podía estar pasando en Muniellos. Se levantó y fue hasta el prado situado detrás de las paneras a pasar un ratito con Gorom, Xana y sus potrillos. Los cuatro asturcones mordisqueaban la hierva parsimoniosamente. Al ver a Mª Jesús, Gorom, el macho y padre de familia se acercó con un trotecillo suave y alegre. Sus largas crines de caballo asturcón llegaban casi hasta el suelo y tapaban sus ojos lo que no impedía ver por donde caminaba. Mª Jesús arrancó un puñado de paja de la vara de hierba seca que tenía a sus espaldas y se la ofreció al asturcón. Mientras Gorom masticaba la dulce paja, Mª Jesús observó a los dos potrillos que no se separaban de su madre. Aquella vista la relajaba, se retiró hacia atrás, hasta apoyarse en la vara de hierba cuyo olor seco y ligeramente dulce la hizo sonreír. Cerró los ojos y se concentró en los sonidos naturales que la rodeaban: el pifiar de los asturcones, sus pasos profundos al caminar, el susurro del viento entre las ramas de los árboles, la risita burlona de algún niño, el… Abrió los ojos sorprendida. ¿Una risita burlona de niño? Aquella pregunta inundó su mente por completo. Unas manos rodearon su cintura y antes de poder abrir la boca para chillar, se vio literalmente absorbida por la vara. La risita burlona aún continuaba cuando abrió los ojos dentro de la vara ¿hueca? Un trasgo más bajito que Sindo, con la cara más redonda, como de niño, pero con ropas remendadas y el pelo largo y greñoso de color zanahoria la miraba con una sonrisa de oreja picuda a oreja picuda. Luego le señaló el suelo, a una trampilla de madera abierta y a una escalera de piedra que se perdía en la oscuridad. El pequeño trasgo volvió a reír y haciéndole un gesto desapareció escaleras abajo. Mª Jesús no lo pensó dos veces, le siguió.

  • ¡Que carajo!, yo también quiero correr aventuras –dijo.

 

..

 

Sindo caminaba por el sendero hacia Fuenteculebras sumido en sus pensamientos sin percatarse de la cantidad de “amigos” que seguían su mismo rumbo: un par de diaños y una xana. Los puentes hechos de cuatro troncos unidos con alambre se sucedían uno tras otro en cada recodo del rio Muniellos. Pasar por ellos para un humano era cosa de calma y buen paso, para un trasgu como Sindo cuestión de un brinco y dos volteretas. El repentino silencio de la fauna no le asustaba lo más mínimo, estaba más que acostumbrado a la “hostilidad” de la naturaleza cuando alguien como él se empeñaba en encontrar un busgosu guardián.

De esta guisa llegó ante un espléndido roble de más de 100 años. Un enorme agujero en su tronco parecía invitarle a entrar y no lo dudó un solo instante. Como si fuera lo más natural del mundo se metió dentro, se giró mirando hacia afuera y esperó.

  • ¿Qué te trae a mis dominios, Sindo Carrapiellos? –preguntó una voz profunda, susurrante y potente que procedía de las mismas raíces del roble.
  • Hola Lloreu, quisiera que me franquearas el paso a Fuenteculebras. ¿Será eso posible?
  • ¿Es posible que a un busgosu como yo le vuelvan a crecer las piernas y eche a andar? –replicó la misma voz pero esta vez con un tonillo guasón.
  • La verdad es que lo veo difícil.
  • Ahí tienes pues mi respuesta.
  • Me imaginaba algo así por tu parte. Sabes Lloreu que sigues tan cascarrabias como siempre.
  • Correcto. Y tú tan desvergonzado.
  • A los trasgos nos gusta ser fieles a nosotros mismos. Venga, Lloreu, no me lo pongas difícil. Tengo que entrar.
  • ¿Tienes?
  • Sí, tengo. Xenut te podrá decir que debo.
  • Así que Xenut, ¿eh?
  • Ajá –replicó muy seguro de sí mismo.
  • Está bien. Si Xenut lo dice, no seré yo quien le lleve la contraria. Pasa pues.

Las raíces se retorcieron hasta escapar de su prisión terrenal. Una nube de tierra impregnada de humus cubrió al trasgu desde la cabeza a los pies provocándole una sinfonía de estornudos incontrolados.

  • ¡Pero bueno!, ¡caches en…! Que me agg… ho…go…
  • Venga Sindo, date prisa en entrar que se me enfrían los pies.
  • ¡No veo!, ¡ostras Lloreu!, ¡podrías tener más cuidado, lechessss!
  • Menos quejas y ¡entra ya!

Acompañó su orden con un empujón de sus ramas más bajas en el cogote de Sindo el cual tuvo que agarrarse a una de las cimbreantes raíces para no caer. Al sentir su abrazo, volvieron a hincarse en la tierra arrastrando al trasgu de cabeza. A Sindo no le dio tiempo a cerrar la boca así que en su forzado y precipitado camino a través de tierra húmeda, raíces y hojas muertas, tragó una considerable parte. El viajecito fue rápido, ruidoso y extraño ya que en vez de sentir presión a su alrededor, como se debería suponer al verse enterrado vivo, lo que sintió fue un deslizamiento suave, una ligera brisa impregnada de perfume a hiedra y musgo fresco y un crujir de hojas y chascar de ramitas. Se soltó de aquella raíz y rodó sobre si mismo sobre hierba alta y húmeda. Abrió los ojos, escupió tierra y hojas, se puso en pie e inmediatamente se sacudió sus ropas manchadas, más de lo ya habitual.

  • Como siempre, las entradas provocadas por Lloreu son espectaculares –dijo una voz a su derecha.
  • Hola Xenut. Menos mal que estabas aquí para interceder, sino, no me deja pasar. Por cierto –brincando hacia su primo que lo esperaba sentado en un tocón de roble – ¿cuánto hace que no limpia la entrada?
  • Puedes darte por afortunado. La última entrada se remonta a 1945. Normalmente deja que usen la entrada norte. Te tiene una particular inquina.
  • No hace falta que lo jures –mirando a su alrededor. Veo que todo sigue igual por aquí.
  • Bueno… si, más o menos –le señaló a la derecha, junto a una formación rocosa que sobresalía entre la alta hierba-. Ya ves que están bien.

 

Lo que Sindo vio en ese momento lo dejó sin habla.

 

 

.

 

 

Madreselva y Chuso habían llegado a Moal y ya allí, la ayalga se paró junto a un vehículo aparcado bajo un hórreo. Chuso miraba adelante y atrás, controlando su alrededor.

  • ¿Y bien?, ¿a qué estás esperando? No podemos quedarnos aquí parados. Tú no vas vestida lo que se dice muy discreta –un vaporoso y transparente vestido en color crema no dejaba mucho a la imaginación.
  • Este coche. Tenemos que irnos en este coche. Al faro.
  • Si, si, ya lo sé. Un faro. Ya te he dicho que faros hay muchos en la costa asturiana.
  • Los Chalgueiros me dirán cuando subamos al coche.
  • Yo no sé conducir
  • Yo sí.

Se subió al coche, dio al contacto y miró al trasgo con una extraña sonrisa de complicidad. Chuso no lo dudó, encogiéndose de hombros pegó un brinco y subió al asiento del copiloto. No era raro encontrar un coche con las llaves puestas en aquel pequeño pueblo donde todos se conocían. Lo que si fue raro para él fue ver como la antes dulce ayalga manipulaba el GPS de aquel vehículo. Sus finos dedos se deslizaron por la pantalla hasta dar con lo que buscaba. Su semblante había adquirido un aire diferente. Atrás se había quedado su mirada perdida, su actitud complaciente y sumisa. Chuso asistía a aquella transformación entre fascinado y algo desconfiado. ¿Qué le estaba pasando a aquella dulce ayalga?

  • Bien, los Chalgueiros me han hablado y debemos ir a la Playa del Silencio.
  • Ajá… ahora entiendo lo del silencio de antes…. Pero…
  • La maestra Mar, Elena y Carmen me están esperando allí.

 

Salió de debajo del hórreo con sorprendente habilidad. Encendió la radio y meneando la cabeza puso rumbo hacia el Concejo de Cudillero y de allí a la Playa del Silencio. Su destino estaba muy cerca y eso la había hecho resucitar a la verdadera ayalga-mujer que había dormido en ella durante décadas.

 

.

 

Antonio e Iñaki habían llegado a la Fuente de Fuenculebra. Un enorme roble erguía orgulloso su ramaje hacia el cielo. Quitaba el hipo. Pero lo que les quitó la respiración fue ver como el tronco de aquel inmenso árbol se abría por la mitad, entre chasquidos, lanzando una nube de corteza seca a su alrededor. Retrocedieron por precaución y esperaron a ver qué o quién salía de allí. Cuando la apertura se hizo lo suficientemente ancha para permitir el paso de un hombre, un pie cubierto de hiedra y musgo asomó posándose entre la hojarasca. Se asentó con cuidado, como si su dueño temiese encontrar un agujero. Al pie le siguió una pierna que no parecía una pierna sino más bien el tallo grueso de una planta. Y lentamente unos par de ramilletes de frondosas hortensias se “apoyaron” en los bordes de la oquedad. El resto del cuerpo de lo que fuera aquello, salió a la luz mortecina del mediodía en Muniellos. Un tronco flexible y verde claro se unía a los tallos-piernas y a los ramilletes-manos y sobre el tronco, una cabeza cubierta de liquen y musgo, con los rasgos de un hombre pero la tez suave y fresca de una hoja recién germinada.

Antonio e Iñaki no daban crédito. Se miraron atónitos, sin pronunciar palabra. Aquel ser dio dos pasos más, cimbreándose como una rama al viento. Los miró, elevó uno de sus ramilletes y despegó unos labios color verde savia.

  • Hola chicos… por fin habéis venido a buscarnos.
  • ¿Antón? –inquirió Antonio sin creerse lo que veían sus ojos.
  • ¿Perdón? ¿Antón?, ¿quién es Antón?

 

Aquel ser de vegetal apariencia les miraba con unos ojos con el iris verde oscuro, ladeando la “frondosa” cabeza en un gesto antes humano. Pero ahora su mente ya no lo era, al menos no del todo. Volvió la cabeza hacia un lado, detrás del roble apareció un topo del tamaño de un perro grande. Se acercó a Antón, se levantó sobre sus patas traseras y cogiéndole por la hortensia derecha lo arrastró de nuevo hacia el roble, de un empujón le hizo entrar, luego se volvió a los atónitos Antonio e Iñaki, meneó sus finos bigotes y se lanzó de cabeza detrás de su amo.

  • No digas nada –le pidió Antonio.
  • No iba a abrir la boca. No tengo palabras.
  • Mejor. Creo que a donde quiera que se lo ha llevado estará bien.
  • Imagino. Lo que sucede es que aún no sé quién era ese topo gigante, si es que era un topo –comentó Iñaki.
  • Seguramente es el mismo topo que le tiene al jardín convertido en una trinchera. Se lo habrá llevado de vuelta a casa.
  • La cuestión es ¿cómo se las va a arreglar para volver a su estado natural? –preguntó Iñaki.
  • Buenooo, no sé, en todo caso parecía feliz en su nuevo estado.
  • Hombre… feliz no lo sé, pero las hortensias le sentaban muy bien.
  • Iñaki, por favor.

 

Su hijo sonrió con guasa, arrancándole otra mueca del mismo calibre. Negando con la cabeza se aceró a la fuente, dispuesto a beber. No tuvo tiempo a tocar el caño. Una mano fría y blanca como la nieve agarró su muñeca.

  • ¿Con qué derecho te atreves a tocar mi fuente?

La voz, tan fría como la mano le puso los pelillos de la nuca de punta. Notó cómo Iñaki se acercaba. Se irguió lentamente dispuesto a enfrentarse a quién quiera que lo tuviera sujeto con tan férrea decisión. Lo que no se esperaba encontrar era una mujer morena, hermosa, alta y con el ceño fruncido.

 

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